El Corazón de un Pueblo: Historia de la Ermita del Ángel en Casillas del Ángel

En el interior de la isla de Fuerteventura, donde el paisaje se tiñe de ocres y el viento susurra entre las laderas, se encuentra Casillas del Ángel. Este pequeño núcleo poblacional no solo destaca por su tranquilidad y belleza rural, sino por ser el guardián de un legado histórico que se remonta al siglo XVII. El epicentro de esta identidad es, sin duda, la Ermita del Ángel, una modesta pero significativa construcción que no solo dio nombre al pueblo, sino que sirvió como refugio espiritual para las familias que se asentaron y vivian estas tierras.

Orígenes y Fundación: El Siglo XVII

La historia de la Ermita del Ángel comienza en un periodo de expansión agrícola y ganadera en Fuerteventura. Durante el siglo XVII, la población de la isla buscaba asentarse en zonas de interior que ofrecieran mejores condiciones para el cultivo y protección frente a las incursiones piráticas que asolaban las costas.

Fue en este contexto cuando se erigió la pequeña capilla dedicada al Santo Ángel de la Guarda. Aunque hoy la Iglesia de Santa Ana (construida posteriormente en el siglo XVIII) es el templo principal del pueblo, la Ermita del Ángel representa la «semilla» original. Su construcción fue impulsada por la devoción popular de los vecinos de las entonces llamadas simplemente «Casillas», quienes deseaban un lugar de oración cercano sin tener que desplazarse a la parroquia de Antigua o de Betancuria.

SANTO ANGEL CASILLA
SANTO ANGEL CASILLA

Arquitectura: La Belleza de la Simplicidad

La arquitectura de la Ermita del Ángel es un ejemplo canónico del estilo mudéjar canario adaptado a la austeridad de Fuerteventura. Se caracteriza por:

  • Muros de Carga: Construidos con piedra volcánica local, cal y arena, diseñados para resistir las inclemencias del tiempo y mantener el frescor interior.
  • La Espadaña: Un elemento distintivo de las ermitas isleñas. Se trata de un muro sencillo que sobresale de la fachada donde se sitúa la campana, cuya función era convocar a los fieles de los alrededores.
  • Cubierta de Teja: El techo de madera en el interior (artesonado) y las tejas árabes en el exterior reflejan la influencia de la carpintería de lo blanco, típica de las construcciones religiosas de la época en el archipiélago.

El interior, aunque pequeño, invitaba al recogimiento. La imagen del Santo Ángel de la Guarda presidía el espacio, simbolizando la protección divina sobre los cultivos y las familias que sobrevivían en un entorno a menudo hostil debido a las sequías.

El Ángel que dio Nombre a una Tierra

Es fascinante observar cómo la fe y la toponimia se entrelazan en este rincón majorero. Originalmente, el asentamiento era conocido simplemente como «Casillas», debido a las pequeñas viviendas dispersas que configuraban el lugar. Sin embargo, tras la consolidación de la ermita y la creciente devoción al Santo Ángel, el pueblo comenzó a ser identificado como Casillas del Ángel.

Este cambio de nombre marca un hito en la historia local, elevando el estatus del asentamiento de un simple grupo de viviendas a una comunidad con identidad propia, centrada en su fe y en su patrimonio arquitectónico.


Legado y Significado Actual

Hoy en día, la Ermita del Ángel permanece como un recordatorio de la resiliencia de los antiguos habitantes de Fuerteventura. Aunque con el paso de los siglos el centro de la actividad litúrgica se trasladó a la majestuosa Iglesia de Santa Ana, la pequeña ermita original sigue siendo el símbolo fundacional.

Su importancia trasciende lo religioso; es un Bien de Interés Cultural que narra la evolución social de la isla. Visitarla es hacer un viaje al pasado, a una época donde cada piedra era colocada con esfuerzo y cada oración era un lazo de unión comunitaria.

La conservación de este espacio es vital para que las futuras generaciones comprendan que Casillas del Ángel no es solo un punto en el mapa, sino un lugar nacido de la devoción y la arquitectura tradicional que ha sabido resistir el paso de los siglos bajo la atenta mirada de su Ángel Custodio.

Las Fiestas del Santo Ángel se celebran del 27 de Febrero al 1 de Marzo de 2026

Juan Perdigón: El rebelde de Casillas del Ángel en el corazón de Brasil

Foto de https://www.lacasademitia.es

La vida de Juan Perdigón Gutiérrez (1895-1966) es una crónica de resistencia y dignidad que une las áridas tierras de Fuerteventura con los muelles de Santos y las fábricas de São Paulo. A diferencia de la imagen romántica del artista aislado, Perdigón fue, ante todo, un líder obrero y un militante anarquista inquebrantable, cuya existencia estuvo marcada por el constante vaivén transatlántico de su familia, víctimas de las sequías y el caciquismo majorero.

El origen y la «huida» de la guerra

Nacido en Casillas del Ángel en 1895, su nacimiento se produjo en uno de los retornos de su familia desde Brasil. Su infancia fue un mapa de migraciones: de Fuerteventura a Santos, luego a Uruguay y de vuelta a Brasil. Un dato crucial en su juventud fue la decisión de su padre de embarcarlo nuevamente hacia América para evitar que fuera reclutado para la Guerra de Cuba, salvándolo de un conflicto que desangraba a los hijos de las familias pobres canarias.

El liderazgo en los muelles de Santos

Ya asentado en Brasil, Perdigón se convirtió en una figura central del anarcosindicalismo. Su activismo se desarrolló principalmente en Santos, cuyo puerto era el epicentro de la lucha obrera brasileña, así como en São Paulo y Río de Janeiro. Bajo el nombre de João Perdigão, luchó por conquistas hoy fundamentales: la jornada de ocho horas, el derecho a huelga y la cultura para el trabajador. Su firmeza le valió una persecución implacable, con múltiples detenciones y la sombra constante de la deportación.

Resistencia bajo un nuevo nombre

Hacia 1928, para escapar de la represión policial que buscaba expulsar a los «agitadores extranjeros», tomó una decisión radical: adoptó su segundo apellido y pasó a llamarse João Gutiérrez. Bajo esta nueva identidad se refugió en Sorocaba, en una granja-comuna dirigida por compañeros ácratas. Allí se casó con una mujer cuyo nombre era toda una declaración de principios: Anarquía de Caria, con quien formó una familia de seis hijos, manteniendo viva la llama de sus ideales en la intimidad de su hogar y su comunidad.

Un legado de «auroras»

Juan Perdigón falleció en 1966, habiendo pasado de ser un «campesino pobre» destinado a la miseria a convertirse en un referente ético del movimiento obrero sudamericano. Su biografía, rescatada recientemente por el historiador Jesús Giráldez en su libro Entre el rubor de las auroras, nos recuerda que los emigrantes canarios no solo exportaron mano de obra, sino también semillas de emancipación social. Fue un hombre que, como él mismo escribió, vivió la época «como una tempestad», convencido de que la justicia surgiría siempre, inevitable, como el rubor del amanecer.

Domingo Velázquez Cabrera: Entre la Estela de Unamuno y el Espíritu Emprendedor

La historia de las Islas Canarias está tejida por nombres que, aunque a veces silenciosos, fueron testigos y partícipes de los cambios fundamentales del siglo XX. Uno de esos nombres es Domingo Velázquez Cabrera, un hombre cuya vida transitó entre la aridez poética de Fuerteventura, el despertar intelectual junto a grandes figuras de las letras y una incansable actividad comercial que lo llevó a recorrer media Europa.

Un despertar literario en la Fuerteventura de 1924

Domingo Velázquez nació en Rosa del Taro, un rincón de Casillas del Ángel, en una época en la que dicho territorio era un municipio independiente antes de integrarse en Puerto del Rosario. Su infancia no fue la de un niño cualquiera; estuvo marcada por un evento fortuito que cambiaría su percepción del mundo: el destierro de Miguel de Unamuno.

En 1924, por orden del general Primo de Rivera, el filósofo y escritor bilbaíno fue enviado a Fuerteventura. Durante esos meses, Unamuno no solo encontró la inspiración para su poemario De Fuerteventura a París, sino que se integró en la vida social de la isla a través de las tertulias en el comercio de la familia Castañeyra.

Acompañando a su padre, el joven Domingo frecuentaba estos encuentros. Mientras los adultos discutían de política y literatura, el niño Domingo escuchaba con admiración a aquella figura «contradictoria y discutidora». Aquel contacto temprano con el pensamiento crítico y la palabra escrita de Unamuno —quien, curiosamente, se hospedaba en un pequeño hotel propiedad de parientes de Domingo, Francisco Medina Berriel y Antigua Jordán Velázquez— sembró en él una semilla de curiosidad intelectual que lo acompañaría siempre.

La forja de un hombre de negocios

Al llegar a 1927, Domingo Velásquez decidió que era el momento de labrarse su propio destino. Planteó a su familia su deseo de terminar sus estudios y buscar la independencia económica. Este fue el inicio de una exitosa carrera en el sector mercantil.

Lo que comenzó como una dedicación al comercio local pronto se expandió. Su capacidad de gestión y su visión lo llevaron a convertirse en:

  • Agente comercial.
  • Representante de firmas.
  • Importador.

Estas obligaciones profesionales no solo le permitieron una estabilidad financiera, sino que alimentaron su espíritu viajero. Domingo recorrió el resto del archipiélago, la península ibérica y diversos países europeos, extrayendo de cada viaje experiencias que enriquecieron su visión del mundo.

Vida familiar y el paréntesis de la guerra

Aunque su trabajo lo vinculó estrechamente con las capitales canarias, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, hubo un lugar que marcó su corazón: Gáldar. En esta localidad del norte de Gran Canaria residió durante seis años; allí contrajo matrimonio y vio nacer a sus hijos, estableciendo raíces profundas en la tierra que lo acogió.

Sin embargo, como a toda su generación, la tragedia de la Guerra Civil Española en 1936 interrumpió su trayectoria. Velásquez permaneció movilizado durante aproximadamente un año y medio. A pesar de la dureza del conflicto, su naturaleza resiliente le permitió reanudar sus negocios y viajes tan pronto como finalizó la contienda, recuperando el pulso de su actividad con la misma energía de su juventud.

Un legado de inquietud y constancia

La vida de Domingo Velázquez Cabrera es el reflejo de una época de contrastes. Desde el niño que escuchaba a Unamuno en la trastienda de un comercio hasta el agente comercial que cruzaba fronteras en una Europa convulsa, su biografía nos habla de la importancia del entorno y de la voluntad personal.

Su recuerdo permanece no solo como un eslabón directo con la estancia de Unamuno en Canarias, sino como el ejemplo de un hombre que supo combinar la sensibilidad cultural con el pragmatismo del mundo empresarial.

Casillas del Ángel : Fuerteventura